Orígenes de la Iglesia Adventista
Los adventistas del séptimo día se consideran herederos de los apóstoles en su esperanza del regreso de Jesús a esta tierra. "Vendré otra vez", prometió Cristo (S. Juan 14:1-3). "Este mismo Jesús vendrá como los habéis visto ir al cielo" (Hechos de los Apóstoles, 1:11). Con el paso de los tiempos, esta doctrina se fue olvidando; aunque siempre haya habido grupos de creyentes que, desde distintas confesiones religiosas, siguiendo las enseñanzas del Evangelio, esperaban el retorno del Salvador. Uno de estos creyentes eminentes del pasado, fue Cristóbal Colón, como se comprueba por sus escritos, sin olvidarnos de Juan de Valdés, del Padre Manuel de Lacunza, Rubén Darío, Newton y tantos otros. 

En las primeras décadas del siglo XIX, se produjo un reavivamiento de la esperanza en la segunda venida. Tanto en Europa como en América, miles de creyentes, ministros de culto y laicos de diferentes denominaciones, países y continentes, pusieron gran énfasis en esta doctrina. 

En años sucesivos, estudiando la Biblia, resurgieron doctrinas que aunque eran seguidas por la iglesia primitiva, habían quedado olvidadas. Entre ellas se encuentra la observancia del sábado, que constituye una de las señas de identidad de la Iglesia Adventista del séptimo Día. 

Con el tiempo surgió la necesidad de unirse en torno a este legado evangélico y aceptar el mandato de Jesucristo de predicar el evangelio en todo el mundo. Así, en 1863 nace institucionalmente la Iglesia Adventista, en torno a un ideario apostólico que había sido olvidado por otras confesiones religiosas en algunos aspectos.

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